lunes, 27 de octubre de 2025

LA ILUSION DE LA ELECCIÓN: EFECTO ASCH.


En los años 50, un señor llamado Solomon Asch hizo un experimento muy curioso.

Juntó a un grupo de personas para comparar líneas dibujadas en una pizarra. El juego era fácil: había que decir cuál tenía la misma longitud que la línea modelo. Pero había truco: solo uno era participante real; los demás eran cómplices.

Al principio, todos responden bien. Pero luego los cómplices empezaron a equivocarse a propósito.

Y ahí viene lo divertido (o aterrador): el participante real, al ver que todos decían una tontería, terminaba repitiendo la tontería. Sabía que estaba mal, pero igual lo decía. ¿Por qué?

Porque ser diferente da miedo. El cerebro prefiere equivocarse acompañado que tener razón sólo. Eso es lo que somos: criaturas sociales con terror a la soledad.

Preferimos traicionar lo que vemos antes que sentirnos apartados. El silencio del grupo pesa más que la verdad frente a tus ojos.

Piensa en eso. Cada vez que callas una opinión por no discutir, cada vez que publicas algo solo porque “todo el mundo lo comparte”, cuando te ríes de un chiste que no te hace gracia, por no quedar raro. Ahí está Asch, sonriendo desde su laboratorio, diciendo: “Te lo dije.”

La diferencia es que ahora lo hacemos con gusto. No necesitas un dictador para obedecer. Te basta con el miedo a ser señalado. Por eso nos disfrazamos de libres mientras seguimos las reglas del aplauso. Queremos ser únicos, pero sólo dentro de los límites que nos aplauden.

Hasta la rebeldía está de moda. Ser “diferente” es otra forma de encajar. Las ovejas negras solo cambiaron de corral. El sistema ama a los rebeldes que no cambian nada.

Te deja gritar, mientras compres la camiseta con la frase revolucionaria.

Raras veces alguno se levanta y aunque tiemble, prefiere la incomodidad de pensar que la anestesia de seguir. No se siente héroe. Solo no soporta la mentira.

Ese tipo de personas no gritan, no te sermonean. Solo observan, callan y cuando abren la boca, hasta el aire cambia.

Crees que eres libre porque eliges entre diez tipos de zapatillas o cinco ideologías recicladas. Pero la verdadera libertad no está en elegir entre las opciones que te dieron sino en preguntarte quién las puso ahí.

La libertad no es gritar “yo decido”. Es entender por qué decides lo que decides y eso solo pasa cuando te atreves a dudar de ti mismo 

Todo esto ocurre porque la mayoría no quiere libertad.

Solo quiere sentirse libre sin tener que pensar. Por eso el experimento de Asch nunca termina, solo cambia de escenario.

¿Quieres una moraleja?

No hace falta que te rebeles contra el mundo solo que no te vendas tan fácil a la multitud. Porque incluso las ovejas negras siguen siendo ovejas… si solo buscan otro rebaño.


lunes, 13 de octubre de 2025

EL PODER DE ELEGIR

 





EL PODER DE ELEGIR

Cuando decidir es volver a ti (y sostener lo que eliges)

por
Felipe Cantarino Santillana

Elegir parece simple, pero no lo es.

A veces creemos que decidir es cuestión de pensar con calma o de escuchar al corazón, pero no siempre tenemos acceso a esa calma ni a esa claridad.
La mente no siempre elige desde la libertad; a menudo lo hace desde el miedo, desde la costumbre o desde heridas que aún no entendemos.

En el fondo, decidir no es un punto de partida, sino un logro y llegar a hacerlo con conciencia implica haber aprendido a distinguir entre lo que deseas y lo que repites, entre lo que eres y lo que heredaste.

Cada decisión, incluso las pequeñas, deja huella y moldea quién eres, marca el rumbo y revela lo que realmente valoras, aunque no siempre sea lo que dices que valoras.

Y sí, elegir también duele.

Porque elegir implica renunciar y toda renuncia es un pequeño duelo.
Un duelo que aceptamos voluntariamente, un adiós a las vidas que no viviremos y a los caminos que dejamos atrás. Ahí, justo ahí, está el valor.

No se trata sólo de acertar, sino de asumir un compromiso con lo que eliges.
Porque lo que hace que una decisión tenga sentido no es si salió bien o mal, sino que fue tuya. Tuviste el coraje de decir: “esto sí, lo demás no”, sabiendo que la certeza nunca es completa.

Elegir es recuperar el timón (siempre que el timón sea tuyo)

Elegir es un acto de poder, pero no del poder que impone, sino del que se hace responsable.

A veces creemos que al decidir recuperamos el mando de nuestra vida, pero eso solo es cierto cuando la elección nace de la claridad, no de la carencia. De lo contrario, lo que llamamos “decisión” no es más que una reacción disfrazada de libertad.

Por eso, no todas las decisiones son libertad, muchas son solo mecanismos de supervivencia con nombre poético.


Antes de decidir, vale la pena preguntarse:

  • ¿Estoy eligiendo desde la conciencia o desde la necesidad de calmar una emoción?

  • ¿Desde el deseo genuino o desde el miedo a quedarme quieto?

Porque no toda acción es avance y no toda calma es parálisis.

Cuando eliges de verdad, algo cambia, tu forma de hablar, de mirar, de caminar y la manera de relacionarte contigo y con los demás. Elegir es una forma de decirle a la vida:


“Ya no huyo de ti, camino contigo.”


No se trata de acertar, se trata de asumir, de elegir sin garantías de aciertos.
De hecho, a veces elegir duele tanto que parece retroceso, pero incluso ese dolor tiene valor, es la señal de que estás vivo, de que estás sosteniendo tu historia en lugar de huir de ella.

La claridad no llega antes del paso; llega mientras caminas.

Por eso, no busques elegir perfecto: elige el presente, porque elegir no es tener certezas, es atreverte a moverte sin ellas y en ese instante, cuando das un paso con el alma temblando, estás inaugurando una forma distinta de libertad:
la de quien ya no necesita garantías para avanzar.

Para cerrar…

Tal vez hoy no se trate de elegir lo correcto, sino de atreverte a elegir, dejar de esperar el momento ideal y permitirte aprender mientras caminas. Entender está bien, pero entender sin actuar es otra forma de quedarse quieto en el fuego.

No olvides esto, no toda decisión es buena, pero toda decisión consciente te enseña algo sobre quién eres. La madurez no está en elegir perfecto,
sino en sostener lo elegido sin huir de las consecuencias.


Una reflexión final

La elección no siempre te libera al instante, demasiadas veces lo normal es que te rompa primero, pero sólo quien se atreve a romperse puede reconstruir su mundo y su vida con intención.


miércoles, 8 de octubre de 2025

TE ESPERO EN LA CIMA


TE ESPERO EN LA CIMA.

Por:
Felipe Cantarino Santillana

A veces el crecimiento no se parece a una ascensión; se parece más a una huida lenta del infierno. Pero en cada paso, incluso en los torpes, hay algo sagrado: la voluntad de seguir vivo. No hablo de éxito ni de montañas conquistadas. Hablo del instante en el que te das cuenta de que seguir respirando ya es una forma de victoria.

Dicen que para salir del infierno hay que dar un paso en cualquier dirección. Yo lo dí, sin mapa, sin garantía, sin aplausos. Solo tenía el fuego detrás y una gran incertidumbre por delante. Caminé porque quedarme quieto dolía más. Avanzar no fue sólo una elección valiente, fue un reflejo de supervivencia, fue el momento exacto en el que algo dentro de mí decidió seguir vivo.

Con el tiempo descubrí que “dar un paso” no era heroico. A veces significaba levantarse de la cama, responder un mensaje o admitir que necesitaba ayuda. Ninguna epicidad, solo biología, psicología y coraje.

El suelo aún ardía cuando di mi primer paso y fue entonces cuando entendí que el infierno también educa. Me enseñó a distinguir lo que importa de lo que simplemente pesa, a reconocer el valor de la calma y al atravesar lo más duro, dejé de confundir ruido con vida y en ese silencio nuevo apareció algo inesperado: claridad.

Aprendí que a veces lo único que separa a quien se ahoga de quien salva a otro es haber aprendido a flotar. No porque uno sea más fuerte, sino porque ya se hundió antes. No me volví sabio con títulos en resiliencia; sino que curé las cicatrices que me enseñaron dónde están las piedras con las que seguro vas a tropezar. Gracias a eso puedo avisar y prevenir a otros. Ahora cuando veo a alguien caer, reconozco en su mirada mi reflejo. Sé que no necesita consejos, sino compañía y esperanza.

Un día me di cuenta de que podía ayudar a otros a salir de sus infiernos. No sólo es una cima, el verdadero objetivo es aprender a mirar hacia atrás y adelante sin miedo. Cada persona puede subir una misma montaña por lados diferentes; el viento sopla igual para todos, lo que cambia es el peso de la mochila y las razones para seguir subiendo.

En ese camino de ascensión hay que aprender a no temerle al eco de los propios pasos.

He comprendido que mi dolor sólo puede tener sentido si sirve para ayudar a alguien más. No busco que sigan mis huellas, sino que comprendan que todo es posible con las tuyas propias. Yo he asimilado que cada paso que doy, incluso ahora, sigue siendo parte del mismo ascenso, porque la cima no está arriba, está en aprender a ver luz donde antes solo veía fuego.

No hace falta ser gurú. A veces basta con decir, con voz serena y honesta:

“Yo también pasé por ahí y aún sigo caminando.”